A Modo de Introducción

 

Hace ya un tiempo comencé un proyecto que me llevó por senderos de aprendizaje inimaginables que incluso arrebataron mi propia fe entre tantas contemplaciones que logré dilucidar de mí mismo.

Desde mi inocente inicio fungiendo de escritor por allá en el año noventa y ocho, cuando a mis once años inspirado por la propia imagen de mi abuelo rayando con su pluma sobre hojas amarillas  líneas que hasta hoy siguen siendo un misterio, despertó en mí una necesidad inusual por trazar mis propios mamotretos en libretas y cuadernillos que yo atesoraba con mi vida.

Escribía con la inocencia con la cual yo mismo cargaba,  sin alguna otra razón superflua o vanidosa, sólo con las palabras que yo mismo inventaba con una pluma sedienta de espacios en blanco.  Sin embargo, lo que hube aprendido en estos años no fue gracias a la sola humildad con la que un día escribí, sino a mis propios tropiezos y al afán que de otros vi por perfeccionar sus propias obras, al final la  vanidad mía.
Es obvio que aún no puedo descartar en este tramo de mi vida nuevos tropiezos o desaires con respecto a la literatura. Tengo que recurrir a la poca humildad que me queda para no ignorar el hecho de que apenas estoy comprendiendo mis propios errores, aunque en muchas ocasiones es insoportable aceptarlo, y es quizá por ello que he decidido recurrir a este medio para dar de mi obra el último proyecto.  

La Fe de los Mártires (que al principio carecía de título), surgió como una tosca y diminuta idea plasmada con letra diminuta  y fea, en medio del aula de clases de mi décimo año como estudiante, sobre una arrugada hoja de papel.  
He aquí, que por este pedazo de papel, comenzó mi búsqueda del perfeccionamiento por aquello que yo amaba hacer: escribir.
Después de un año trabajando en esta historia sobre la fe, (qué podría sabe yo de ello), y viendo que no sacaba nada de ello, mas que la creación de mis propios “demonios internos” y la mera excitación que le daba a ello mi imaginación, decidí casi con descaro mostrarle esas confusas y desarregladas páginas al único verdadero escritor que yo realmente había conocido hasta la fecha. Mi abuelo jamás logró mentar palabra alguna acerca de mis manuscritos, pero sí logró darme algunas indicaciones de las cuales yo ya estaba al tanto, por lo cual terminé por frustrarme por un largo período de tiempo, en el cual sólo  comprendí que no era tiempo de rendirse. Sólo hasta ese momento, él había sido quizá la única persona honesta que sabiendo sobre literatura logró darme una razón para rendirme, o para no hacerlo. Dependía sólo de la terquedad de mi juventud, o sólo, quizá, de mi mera voluntad.

Al cabo continué escribiendo como solía hacerlo, casi todas las noches y hasta el amanecer, pero esta vez un poco más prevenido de lo que vendría posteriormente.
Por varios años estudié por mi cuenta y casi hasta me negaba la opinión de alguien más sobre mis manuscritos. Fue entonces cuando comencé a reencontrarme con los viejos rastros de mis líneas. Desgarré las páginas al principio con nostalgia, pero al cabo terminaba por desechar y reescribir folletos que había tardado años en completar.
Ya en esta encrucijada vislumbré la necesidad de buscar escritores o académicos para que leyesen mis nuevos manuscritos, no sin cierto temor a encontrarme de nuevo con mi inexperiencia,  al final inevitable. Y bien, que habiendo escuchado de aquellos tantos diferentes puntos de vista tuve que comenzar de nuevo, que esta vez fue no fue tan fácil  desmembrar mis humildes letras, asegurándome, no obstante, de mantener la lucidez y la magia que antes quise plasmar en ello.
Trabajé arduamente y cuando menos lo supe pasaron cuatro años en los que estuve sumergido en mi propio mundo. Estaba cansado de mí mismo, todo había culminado en un punto de pura gramática y párrafos bien hechos; entre lo que los académicos querían ver y lo que los lectores querían encontrar, la vanidad de mis intentos de perfeccionamiento, e incluso la propia ingenuidad de crear algo genial para un mundo que leía poco o que poco le importaba.  
Terminé, pues, postrado ante mi propia falta de fe y sólo por ello hallé el título ideal para esta historia: La Fe de los Mártires. El libro que violó mi fe cada noche mientras lo escribía y que se izó en contra mía como haciéndose mártir de sí mismo, porque al cabo tampoco yo pude escribir más, hasta hoy.

Dejo, pues, a vuestra disposición esta historia acerca de la fe y de los mártires que padecieron por ello; Espero sea de vuestro agrado leerlo así  como  para mí  fue escribirlo.